Cartografía viviente: El mapa de San Juan de 1892
Silvia Álvarez Curbelo
Seminario PRAC, 16 de julio de 2026, Archivo General de Puerto Rico
En su libro de 1984, Las prácticas de la vida cotidiana, el sociólogo Michel de Certeau, subido al piso 110 del World Trade Center, ofrece una visión delirante sobre la ciudad de Nueva York. (Michel de Certeau, The Practice of Everyday Life, traducido por Steven F.Randall, Berkeley, University of California Press, 1984, XIV-XV.
Tengo inscrita en mi mente una afirmación de de Certeau que se monta sobre la dicotomía estrategia-táctica. A la altura en la que se encontraba (un piso 110), una altura que no es solo óptica sino conceptual, ve la ciudad estratégicamente como un gran tablado; si baja a la calle, la ciudad es el espacio de las tácticas, de las operaciones diarias, en las que a menudo se pierde de vista la forma integral de la ciudad pero que sin ellas y la gente que las transita, la ciudad no tiene vida. Pensé en ello cuando decidía mi participación en este seminario cuyo protagonista es un mapa. Me permito hacer un comentario sobre el mapa antes de pasar a algunos lugares, prácticas y sujetos que este mapa en específico convoca y que le dotan de otros espesores.
El mapa en cuestión está en un mismo rango que el piso 110. Es un producto fundamentalmente mental, imaginado, geométrico. A manera de contraste, que no significa oposición, opto por moverme de la ciudad delineada a la ciudad vivida, experiencial, a la ciudad de las tácticas. En esta zona de las tácticas, no en el de las estrategias, encuentran lugar los cálculos que no se advienen del todo a discursos y dominios verticales o si lo hacen tratan de marcar un diferendo. Su condición de posibilidad y su inscripción se dan más en el tiempo que en el espacio; manipulan eventos para convertirlos en oportunidades.
Mapas, censos, catastros, entre otros instrumentos, forman parte del ademán del estado moderno que organiza y controla el espacio sobre el cual despliega su poder. En 1867, un año que muchos consideraron” calamitoso” para Puerto Rico, el estado colonial llevó a cabo un paso decisivo en la conversión del espacio social de la isla a un modelo organizado, transparente y legible con la aplicación de la Ley de Alineación vigente en la Península. La normativa regularizaba los espacios públicos urbanos como plazas, calles y líneas de fachada, además de insistir en la consistencia métrica, cromática y nominativa en la identificación de los espacios y las escalas. A duras penas, los municipios puertorriqueños comenzaron la tarea. Mucho se debía a una situación financiera difícil. Alinear significaba gastar y las arcas eran magras. Ponce hizo lo propio: pretextó dificultades financieras en atender la petición pero en realidad lo que quería era adoptar otro modelo, el de Barcelona, y eso hizo.
Aníbal Sepúlveda ha escrito sobre eso, pueden consultar su impresionante Atlas Urbano en su Tomo II. Por mi parte, yo tengo un ensayo que se titula: “La “marca”Cataluña: Memorias públicas y memorias privadas de “lo catalán” en Ponce” (TSN. Transatlantic Studies Network: Revista de Estudios Internacionales, Vol. 1, No. 1 (Enero-junio, 2016 (Ejemplar dedicado a: España y América. Miradas Cruzadas), págs. 148-154 que ayuda a comprender mejor la rivalidad de las dos ciudades.
Mi lectura general del mapa de 1892 me devuelve lo siguiente:
En la ciudad-puerto de San Juan, dos factores constitutivos de su perfil como baluarte quedan sobredimensionados:
El protagonismo militar que dictaba las líneas de crecimiento de la ciudad desde su fundación y que desautorizaba, desalentaba o inhibía a otros agentes sociales adelantar sus reclamos sobre el espacio. A pesar de la disminuida importancia geopolítica de España en el siglo19, el estamento militar todavía detentaba en Puerto Rico un poder incontestado. Hasta pocos meses antes de la invasión de Estados Unidos en 1898, San Juan se regía como lo había sido desde 1837: bajo un régimen de plaza sitiada.
De eso no tenían la culpa primaria los ingenieros militares, por lo general, los elementos más inteligentes y con visión compleja y futurista que tenía el estamento militar. Para cuando se confecciona este mapa, estos expertos tenían una idea clara de que había que pensar a San Juan y Puerto Rico de manera distinta tomando en cuenta tres condiciones externas: el inevitable canal interoceánico y las oportunidades que podían abrirse para Puerto Rico como depósito y estación de trasbordo; el derrotero geopolítico de Estados Unidos buscando objetivos de expansión fuera de sus límites continentales y el status imperial disminuido que exhibía España.
Su emplazamiento en una isleta estrecha y su cinturón murado. La otra capital colonial española en América no tenía ese problema. La Habana podía crecer. Y creció, aun en situación intermitente de guerras desde 1868, como ciudad comercial, como destino de entretenimiento y como capital cultural. En el caso de San Juan: las condiciones de posibilidad internas aparte de la limitación en área habitable o construible de la isleta y la ocupación irregular en su mayoría de los ejidos extramuros, el dínamo de cambio provenía del tren y del sistema de tranvías, las migraciones internas y la presión económica de los comerciantes. Estos son los vectores para transformar el urbanismo de la Capital. Sin embargo, las servidumbres y líneas de tiro determinaron la acotación de la isleta y aun de terrenos localizados en tierra firme, allende el Puente San Antonio, con-formando las llamadas zonas polémicas, numeradas hacia la mitad del siglo 19.
Real y simbólicamente, los terrenos adyacentes a la ciudad se constituían desde el alcance de las balas. Era evidente que cualquier construcción en esos radios de tiro estorbaba y limitaba la eficacia de los cañones. Así, en todos los reclamos, litigios u ocupaciones que involucraron esas zonas de potencial crecimiento urbano, la anuencia militar era requerida. Esto dificultó, como es de suponer, el ya por naturaleza lento proceso de permisos para compra y venta de solares y construcción de estructuras. Es por ello por lo que la mayoría de los expedientes sobre construcciones, alteraciones o modificaciones en la propiedad en dichas zonas tuviesen que ser remitidos a Madrid para su resolución. Y como dice el refranero: Las cosas de palacio, caminan despacio.
Un urbanismo moderno tardío y por parches: lo que enseña extramuros. En 1894 se creó una comisión conjunta compuesta por los militares, la dirección de Obras Públicas y el municipio de San Juan para crear un plan de ensanche consensuado de la capital. Firmado el 12 de diciembre de 1897 por el arquitecto municipal Arturo Guerra, quien admitió poco después que su intervención se había limitado a proponer algunos anchos de calles, tenía como objetivo principal plantear las grandes obras del puerto y ferroviarias que se habían contemplado desde hacía mucho tiempo. Cuando en 1897 finalmente se demolieron los lienzos de murallas del frente este, a escasos meses de la invasión norteamericana, la ciudad quedaba liberada de un cerco más simbólico que real. La urbanización más allá de las muralla a lo largo de Puerta de Tierra había avanzado de manera incontestable en el último tercio del siglo 19, algo que Sepúlveda y yo trabajamos en una investigación que nos gustó mucho sobre Puerta de Tierra y que tenía como subtítulo: de zona polémica a barrio. (Ver Luis González Vales et al, La ciudad que rebasó sus murallas, pp.67-117)
Y mucho de lo que nos gustó tenía que ver con Puerta de Tierra como un espacio urbano contrastante: a pesar de las trabas burocráticas, se reconoce en el asentamiento una energía comunitaria, tanto en términos de la actividad económica como institucional y en la oferta de ocio. Hay un grado indudable de segregación de espacios (los terrenos al norte son acaparados por gente más pudiente), pero el barrio entero es más abierto no sólo en términos urbanísticos sino también sociológicos, índice de una mayor modernización.
Puerta de Tierra remite de manera ineludible a los espacios y tiempos de la cotidianidad, a modos de operación recortados por “…la creatividad dispersa, táctica e improvisada de grupos o individuos[i]. Volviendo a de Certeau, las prácticas cotidianas iluminan prácticas y procedimientos multifacéticos pero silenciosos aunque con igual capacidad de organización social que esgrimimos en el diario vivir.[ii] De ahí se deriva una preocupación metodológica: ¿Cómo navegamos entre el Piso 110 y la calle? O en lenguaje más de moda: ¿Cómo descolonizar nuestra interpretación de la vida cotidiana, cómo tener acceso al “hombre ordinario” y a sus prácticas que se escriben e inscriben de otra manera?
La tarea luce difícil. Aún propuestas históricas reivindicatorias de prácticas y subjetividades al filo del poder, no manejan con igual eficacia lo cotidiano y sus redes simbólicas como sí lo han hecho la antropología y la ficción literaria. Quizás porque la historia alberga suspicacias sobre su valor evidenciario y heurístico. Siembra desconfianza – a mí no-porque la cotidianidad es fundamentalmente un locus cultural en el que interviene una inventiva que de Certeau denomina bricolage, tecnologías no sistémicas, inesperadas e inéditas de vida.
Por lo pronto, propongo que bajemos del estratégico y panorámico mapa de 1892 y hagamos un recorrido breve, de muestra, táctico y dramático – con guion, personajes, escenarios y escenografías- de la ciudad vivida. Es una invitación a caminarla. Para hacerlo hay que guiarse por archivos diversos incluyendo los oficiales: archivos fotográficos, de memorias, crónicas de viajeros, prensa – es abundante y buena, divertida- archivos policiales, reglamentos de conducta, procedimientos judiciales, asambleas políticas, actas municipales…la lista es interminable, an embarassment of riches. Para propósitos de este seminario, comparto algunas claves, nombres, lugares, eventos, contextos significantes, prefiguraciones de esa ciudad que se columpia entre dominios imperiales, y de la ciudad que se afana allá por las décadas finales del siglo XIX, por rebasar inercias pero que está muy apegada a filiaciones lingüísticas, familiares, prácticas cotidianas de 400 años de implantación.
Comencemos por el contenedor amplio: la ciudad en un marco regional. Historiadores como Claudio Veliz o escritores de novelas y de interpretaciones culturales como Carlos Fuentes y Julio Ramos, coinciden en que hacia 1870 se cristalizan en América Latina unas transformaciones estructurales y culturales cuyo epicentro es la ciudad. Eslabonamientos modernos impactan la morfología de las ciudades, especialmente las capitales, su sociología, sus conexiones internacionales, sus instituciones, sus tecnologías de vida – transportes, comunicaciones, la información. Aún en modernidades periféricas y provincianas como la nuestra. Buenos Aires y la Ciudad de México sientan la pauta que tiene una profunda huella francesa. En resumen, la ciudad latinoamericana crece en números absolutos, en huella urbana de construcción, en población, en diversidad de ofrecimientos, incorporación femenina, industrias, profesiones y cosmopolitismo, entre otros índices
1892: Vamos a la fecha del mapa
El Centenario
Cuatrocientos años se cumplían del denominado Descubrimiento de América. La ciudad y el país se aprestaban para celebrar la efeméride. Hay varios textos sobre el Cuarto Centenario. Recomiendo leer a Malena Rodríguez Castro en “Asedios centenarios: la hispanofilia en la cultura puertorriqueña” (Enrique Vivoni y Silvia Álvarez Curbelo, Hispanofilia,1998). Estados Unidos se apresta a celebrar la Exposición Colombina en la ciudad de Chicago. La ciudad se reinventa como “The White City”. El 9 de marzo de 1893, se anunció que la Infanta María Eulalia de España y su marido harían escala en San Juan de camino a la Exposición de Chicago. Es el primer miembro de la monarquía que visita esta colonia. Había que impresionar. Así que la Diputación Provincial y el Ayuntamiento aprobaron unos presupuestos bien grandes para limpiar y decorar la ciudad. Un inversionista privado aprovechó este momento y firma contrato para instalar la primera iluminación eléctrica en San Juan, que consistió en 8 focos y 600 lámparas incandescentes.
La Infanta
Para celebrar la visita también se remoza la Dársena en el área del puerto. Hay muchos críticos de los festejos, entre ellos Luis Muñoz Rivera. Argumentaban los disidentes que la isla no estaba para esas grandiosidades ni económica ni políticamente. ¿Cómo andaban las lealtades? San Juan era la ciudad más española de Puerto Rico. Incluyendo a los liberales sanjuaneros que en ocasiones se parecían más a los conservadores criollos y a los incondicionales españoles que a sus correligionarios en ciudades como Ponce y Mayagüez. La memoria de los compontes era reciente (cinco años) pero también lo era el olvido. Julián Blanco y la Sociedad Puertorriqueña de Periodistas (uno de los gremios más reprimidos en 1887) encabezan una suscripción para levantar una estatua al Almirante Colón, la que está en la llamada Plaza Colón. En la década de los 1890, parecíamos más españoles que nunca celebrando 400 años el descubrimiento de América, del de Puerto Rico y los primeros cien de la exitosa defensa de San Juan ante los ingleses en 1797. Los espacios urbanos tenían que demostrarlo y de ahí la Dársena, de ahí la estatua de Colón, de ahí el pequeño pabellón de Puerto Rico en la Feria de Chicago dentro del pabellón imperial español.
Españolización
La reespañolización que experimenta Puerto Rico en las dos décadas finales de siglo, sobre todo San Juan, se fortalece con la llegada de miles de emigrantes peninsulares. Constituyen una generación de relevo de los que llegaron aquí tras la independencia de las colonias hispanoamericanas. Son sobrinos, primos y ahijados que se integran a familias, firmas, negocios y propiedades agrícolas ya establecidas. Es el caso, por ejemplo, del abuelo de Magali García Ramis y su llegada a Puerto Rico del que nunca volvió a salir. Los invito a leer El libro de las tías (2025), una crónica de la prole de ese balear.
Españolitos
¿A dónde llegaban estos españolitos? A una ciudad que hervía en disgusto por la escasez monetaria y la mala moneda (cada vez se le ponía menos plata real por lo que estaba muy devaluada)) que sufría los efectos de la guerra tarifaria entre Estados Unidos y España y donde Puerto Rico quedaba afectado sin deberla. Del lado de Estados Unidos que era el principal proveedor de alimentos secos – harinas, tocinos, bacalao- y manufacturas tan vitales como los fósforos, el aceite combustible para prender linternas y alumbrados y del lado de España que protegía por ejemplo el azúcar de las Canarias y otros productos peninsulares aunque se afectara su colonia. Pues bien, por esas calles trazadas en el mapa de 1892, van a lanzarse dos años después de la visita de la princesa cientos de sanjuaneros incluyendo mujeres en una serie de protestas contra la inflación y los monopolios. La prensa liberal especialmente La Democracia que se publicaba todavía en Ponce y El Buscapié que dirigía Manuel Fernández Juncos y que era un periódico satírico se ponen del lado de los que protestan. Fernández Juncos las llamaba “las protestas de fogón. La resistencia urbana fue la base para el trabajo final mío en un seminario doctoral que tomé con Fernando Picó. Su título: «El motín de los faroles y otras luminosas protestas», en Historia y Sociedad, año II (1998), pp. 120-146. El título es un spoiler. Adivinen quienes fueron las primeras víctimas de la ira popular. Pues los faroles y las lámparas rotas a pedradas por un pueblo enardecido. Cuando Picó murió le dediqué una columna en el periódico Diálogo. La titulé como homenaje a su influencia en la historiografía moderna de Puerto Rico.
Los consumos
El aumento en las operaciones de compraventa es un índice del crecimiento de las ciudades aquí y en todos lados. En la década de los 1890 se multiplican y diversifican en San Juan los lugares de venta y el número de consumidores.
Se dispara a la par el descontento de esa tipología (los consumidores) ante los privilegios que gozan los comerciantes y aquellos que tienen las concesiones por los servicios. Por las calles trazadas en el mapa de 1892 se oyen los gritos de los sanjuaneros de a pie porque algo que costaba un centavo ahora valía dos, como los fósforos. Hay una toma de conciencia no necesariamente ideológica sino alentada por la economía moral (Este es un tema trabajado por E. P. Thompson en su clásico The Making of the English Working Class de 1963). ¿Y qué es eso de la economía moral de la multitud? Pues el convencimiento de los precios de los bienes y servicios necesarios para la vida, sobre todo los alimentos, deben ser justos y accesibles para la comunidad. Sugiero leer: Las columnas en El Buscapié de Manuel Fernández Juncos y Patricios y plebeyos: Burgueses, hacendados, artesanos y obreros : las relaciones de clase en el Puerto Rico de cambio de siglo de Ángel Quintero (1988).
Consumos modernos
¿Qué hacer cuando la oferta de novedades, lo que vemos en las revistas que llegan de España, Estados Unidos y las pocas que se publican aquí rebosan de ilustraciones seductoras del mundo de mercancías, de la moda? ¿Qué pasa si la mayoría de los sanjuaneros viven en régimen de subsistencia y las mismas calles donde protestan ven nacer establecimientos donde los objetos fascinantes cobran vida? Ese relato sobre los consumidores de fines del siglo XIX y los establecimientos que encuentran sus miradas las relato en “El centro de todo: consumo, arquitectura y ciudad” en Enrique Vivoni Farage, San Juan, siempre moderno (2000).
LA ESQUINA DE CRISTAL En un relato de inmigración típico, Anselmo González Padín, uno de siete hijos de una familia gallega, llegó en 1867 a San Juan, para trabajar de dependiente en la tienda de su padrino, cuando contaba solo doce años. No eran tiempos fáciles en la colonia abatida por una prolongada crisis azucarera, pero para 1883 Anselmo estableció su primera sociedad mercantil. En 1894, la razón comercial se formalizó con el nombre de González Padín (Rodríguez, 1996). Tras varias mudanzas (de local y propósito, pues en un comienzo era solo joyería), la firma se ubicó en 1912 en un local en la convergencia de las calles San Francisco y San Justo. En 1923 el edificio se convirtió en el primer rascacielos de San Juan con diseño de Francisco Roldán, ascensor, fuente de soda y dependientas femeninas… Ciertamente, los sanjuaneros convocados por la nueva oferta de consumo fueron en aquel entonces una exigua minoría pudiente, pero el fenómeno de deslumbramiento y emulación tuvo repercusiones en capas más amplias de la población con el correr de los años. Las estadísticas mercantiles validarían las intuiciones de los comerciantes. El volumen de las importaciones es revelador reveladora. Mientras los alimentos alcanzaban el 49,9% en 1901 y 39,5% en 1920, los porcentajes de ropa y artefactos domésticos no iban muy rezagados con 31,7% y 33,6%, respectivamente (Dietz, 1986: 121).
Para una crónica del primer centenario de la tienda ver a: Rodríguez, G. M. González Padín: Principio y fin de la centenaria empresa (San Juan, 1996).
El periodismo del entresiglos
¡Qué época tan creativa para el periodismo de Puerto Rico la que va, años más y años menos, entre 1880 y 1920! Las calles sanjuaneras y las de otros pueblos y ciudades de la isla reverberan con el ruido de las prensas produciendo una cultura periodística de primera. Ágora política, de la palabra oficial, de la contestaria, de la desafiante, de la que se acomoda, de la que ve el futuro, de la que anuncia la novedad como el cine que inicia en 1897 en una carpa instalada donde está hoy el Casino de Puerto Rico a la entrada del Viejo San Juan.
Cita de Antonio S. Pedreira de su indispensable El periodismo en Puerto Rico, de publicación póstuma:
“Principios, asuntos y problemas perderán las más de las veces el sesgo (tono) mesurado con que antes se trataban para adquirir un tono crítico y desmenuzador. La calle subirá a las redacciones y el periódico aprenderá a circular por las calles.”(p.251) Las suscripciones cederán el espacio a los kioskos y a la vía pública donde se vende el periódico. A esta transformación económica se unirá un poderoso instrumento: el anuncio. Los anuncios abaratan el precio de venta y aumentan la circulación lo que redundará en mayores ingresos por la publicidad.
Destaco el diario La Correspondencia de Puerto Rico fundado por Ramón B. López en San Juan, el 18 de diciembre de 1890. Llegó a ser el periódico de mayor circulación y exposición popular, con precio de un centavo, y una tirada de 5,000 ejemplares diarios. Por eso se le adjudicó el sobrenombre sarcástico de “El periódico de las cocineras”. Se inició en el formato del periódico reporteril para llegar a las masas. En su tesis doctoral de Historia del 2007, Análisis histórico de la noción del “periodismo profesional” en Puerto Rico (del siglo XIX al XX), Luis Fernando Coss destacó los elementos de modernidad que la publicación de La Correspondencia de Puerto Rico supuso en los 1890. Una ruptura clara con el partidismo tradicional de la prensa, un interés en abordar asuntos de pertinencia general, es decir, asuntos de la calle. Ver Chronicling of America que contiene los números de los primeros 21 años del periódico.
Los trabajadores en los periódicos, los trabajadores de los muelles, las lavanderas y dulceras de Puerta de Tierra, los maquinistas y otros trabajadores en el tren y el trolley serían el núcleo donde se cuaja el incipiente movimiento obrero, distintivo en toda ciudad moderna. Con su prensa combativa, sus centros de lectura, conforman una barriada letrada, de la que escribe Jorell Meléndez Badillo y los primeros movimientos reivindicatorios de sus intereses de clase como describen Gervasio García y Ángel Quintero en Desafío y Solidaridad (1982)
Santurce es Futuro
Finalmente, vamos a salir de la ciudad murada. Es 1893 y vamos al recinto de la Feria Insular que se instala en ocasión del Descubrimiento de Puerto Rico. Pueden conocer sobre esta feria leyendo La Exposición de Puerto Rico, una memoria escrita por Alejando Infiesta y publicada en 1895.Todavía está el edificio, al lado de la Iglesia del Sagrado Corazón y cerca del Museo de Arte Contemporáneo (antes Escuela Labra). Queremos conocer para que nadie nos cuente la obra más reciente el pintor Francisco Oller. Se llama El Velorio y nos dicen que es una joya en gran formato.
Nos subimos al trolley que conectaba el Viejo San Juan con Río Piedras mediante locomotoras de vapor. Se había inaugurado en 1880 y su franquicia inicial la tuvo el Conde de Santurce y líder conservador Pablo Ubarri. Junto al tren que se inauguró en 1891 y expandió rápidamente, el trolley nos permitía respirar nuevos aires. Santurce era donde estaba el futuro.



















