Skip to main content

Serie Libros Perdidos. Rutgers/Puerto Rico Archival Collection, 2025.

Silvia Álvarez Curbelo.

Profesora emérita de la Facultad de Comunicación e Información de la Universidad de Puerto Rico

Academia Puertorriqueña de la Historia.


Escuela Graduada de Planificación UPR, 23 de octubre de 2025

La Patria Agrícola es mi tesis de Maestría en Historia para la Universidad de Puerto Rico en 1986.  Por varios años, amigos como el historiador Pedro San Miguel, el librero Alfredo Torres y Carmen Sylvia Arroyo, por muchos años bibliotecaria del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, me animaron a que la convirtiera en libro. Me convencieron, pero no encaucé el proyecto entonces. Lo que sí recuperé con mucha emoción fue una memoria, de cierta pureza romántica, de una tesis lograda en condiciones muy precarias.  No me extiendo en los pormenores, pero dejo consignados un par de agradecimientos profundos: a las secretarias de la Facultad de Humanidades que me donaron el papel para imprimirla y a Esther Torres, secretaria del Centro de Investigaciones Históricas, que la pasó en una paleo-computadora en sus horas de almuerzo.

No fue hasta hace poco – a insistencias del colega Aldo Lauria- que decidí revisitar de lleno el trabajo que perfiló mi rumbo historiográfico. Fue un momento Proust – mientras leía el manuscrito recobraba un libro perdido…En el tiempo que ha pasado desde 1986, la bibliografía sobre la década de 1920 ha crecido luego de estar opacada por unos años treinta hieráticos, de decisiones binarias y unos cuarenta de modernización acelerada, épicos o trágicos, según el prisma que se use. Desde una revaloración de los veinte, inicio con La patria agrícola… una colección que espero crezca como campo de guajanas.

Este libro perdido por avatares del destino y encontrado por la generosidad del proyecto PRAC anticipó hace cuatro décadas opciones teóricas y abordajes metodológicos que he ido depurando con el tiempo y un estilo de escritura propio que aúna la crónica, las cohabitaciones en tiempo y espacio, y ¿por qué no? el melodrama que, debemos recordar, es un ejercicio de secretos y develaciones.  Le he hecho algunos cambios cosméticos a la narrativa pero el texto sigue con la misma pretensión original de dar cuenta de unas atmósferas (los diversos paisajes locales y mundiales en clave política, económica, social) y de unas retóricas (ideas, imágenes, utopías, espíritus de época) que constituyen mi apreciación de la década y en particular de un discurso poco conocido sobre la tierra, la agricultura, la dependencia colonial y la sociedad. Creo, además, que en la formación discursiva que examino se encuentran claves para navegar la actualidad.  Si en la década de los 1920 se hilvanaron las seducciones del fascismo temprano y un desencanto -en muchos sentidos justificado- con relación al liberalismo, cien años después las seducciones y desencantos vuelven a trenzarse y se instalan como regímenes de verdad y poder en múltiples sociedades.

Paso a recorrer los capítulos que configuran La Patria Agrícola con la ilusión de que se sientan invitados a su lectura y a reflexionar sobre una capa de significación de nuestro país que se materializa como memoria y como historia.

CAP. I. LA CRISIS DEL PROYECTO LIBERAL EN PUERTO RICO

El capítulo es una interpretación de la crisis del proyecto liberal en Puerto Rico tras 25 años de inaugurada una nueva estructuración colonial-dependiente a consecuencias de la guerra de 1898. Identifica en el desplome de precios de la agroexportación a partir de 1921 (un momento que se conoció como la Danza de los Millones en el Caribe), en el surgimiento de un super-partido, la Alianza Puertorriqueña, y en la respuesta de los sectores afectados, los nodos neurálgicos de la crisis. Constituye una crónica de las atmósferas y las retóricas que matizaron el período 1924 y 1928 y en el que la Asociación de Agricultores de Puerto Rico, fundada en 1924, configuró un discurso contra las instituciones y prioridades públicas liberales que en no pocas ocasiones se acercó a las propuestas del fascismo temprano en Europa. Una lectura contemporánea de la crisis por Pedro Albizu Campos proponía que el abismo entre las clases se ensanchaba cada vez más y el país estaba “en el dilema de someterse a la dictadura de la plutocracia o a la dictadura de la demagogia”. Un siglo después, la oposición aparece disuelta: plutocracia y demagogia danzan en un dorado salón de baile.

La Alianza operó como un síntoma difuso, un significante vacío que invitaba e invita a interpretaciones múltiples. Tanto las teorías que enfatizaban la ventaja elec­toral (1924 era un año de comicios) como aquéllas que apuntaban a una estrategia anti-socialista estimulada por Washington encajaban perfectamente con el momento político norteamericano (el represivo Red Scare) y con el debilitamiento de los partidos tradicionales puertorriqueños. Hubo, sin embargo, una teoría que veía en la concertación aliancista una motivación es­trictamente económica. El Tiempo, vocero de los republi­canos anti-aliancistas liderados por Rafael Martínez Nadal, adelantó una versión algo complicada pero no fantasiosa marcada por una posible reducción tarifaria de parte del Congreso para favorecer a Cuba. Los grandes intereses del azúcar en Puerto Rico y los partidos históricos  (Unión y Republicanos) aceptarían la concesión a cambio de recibir los puertorriqueños el derecho a votar por su gobernador.

Cap. II CRÓNICA DEL ACORRALAMIENTO

En los albores de 1924, habían aumentado los conflictos entre los colonos cañeros y los más protegidos intereses centralistas; entre grandes y pequeñas centra­les por asegurarse sus abastos de caña; entre los propie­tarios y los vulnerables obreros agrícolas; entre los sem­bradores de tabaco y los compradores de la hoja; entre los cafetaleros, los torrefactores y las instituciones bancarias reacias a con­ceder un mayor crédito. El segundo capítulo discurre entre dos fiestas: la inauguración de la nueva casa de Eduardo Giorgetti con diseño de Antonín Nechodoma en Santurce y el gran baile del Carnaval de 1928 en el Teatro Municipal. Entre fiesta y fiesta, nace la Alianza, se crea la Asociación de Agricultores en 1924 como parte de una ofensiva de productores agrícolas contra los privilegios de las grandes corporaciones agroindustriales, se pierde la apuesta por un gobernador electivo, la administración del gobernador  Towner inicia políticas económicas y hacendísticas para paliar la crisis presupuestaria del Estado y se eclipsa la Alianza a pesar de ganar las elecciones de 1928, poco después del embate del huracán San Felipe.

Ante el fantasma vivo de Luis Muñoz Rivera ,su hijo, Luis Muñoz Marín, aceptó en 1925 dirigir La Democracia desde cuyas páginas intentó una versión precoz de un bloque populista liberal (que incluía al Partido Socialista) frente a las fuerzas vivas encabezadas por la Asociación de Agricultores y que tenía como líder a Eduardo Giorgetti en cuya cama había muerto Muñoz Rivera. Muñoz Marín fracasó en su golpe de mano. La Alianza y las Fuerzas Vivas se reconciliaron in extremis, aunque la Revista El Agricultor Puertorriqueño continuó recalcitrante en su defensa de la patria agrícola.  Puerto Rico se sumergió en el olvido colectivo de un largo carnaval en 1928 con la presencia de una celebridad mundial el aviador Charles Lindbergh que había cruzado el Atlántico en un viaje en solitario.  Lindbergh sabía de aviones pero no sabía bailar y le dio más de un pisotón a la reina Edna Coll en el vals real. Depositado en  las manos de Lindbergh para su entrega al presidente Coolidge, un Memorial avalado por el gobernador Towner y la Legislatura recibió por parte del presidente (siguiendo el estilo del presidente William Taft 18 años antes) un soberano regaño imperial.

Cap. III LA PATRIA AGRÍCOLA: EL DISCURSO DE LOS AGRICULTORES

A lo largo del cuatrienio 1924-1928, la Asociación de Agricultores Puertorriqueños produjo una articulación discursiva que aunaba contenidos conservadores tradicionales con elementos contemporáneos más radicales.  En otras palabras, una fogosa defensa del rol patrimonial de la agricultura cohabitó en ese momento previo a la Gran Depresión detonada en 1929 con la discursiva anti-liberal que generó el fin de la Primera Guerra Mundial en muchas partes del mundo.  Desde un análisis discursivo de la Revista El Agricultor Puertorriqueño durante los años 1924 a 1928  se identifican las principales proposiciones de lo que he denominado el discurso de la patria agrícola en Puerto Rico y sus persuasiones retóricas, en las que se mezclan tropos tradicionales sobre la tierra, la agricultura y el rol social y político de los agricultores y nuevos tropos radicalizados que se vinculan a los emergentes fascismos en Europa y América Latina.

Este capítulo examina los números correspondientes del cuatrienio de la revista para perfilar su repertorio temático, comentarios editoriales y colaboradores. En la mesa editorial de la publicación (la serie puede examinarse en la Colección Puertorriqueña y en el Centro de Investigaciones Históricas en el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico) se sentaron figuras reconocidas  de la intelligentsia criolla, como Manuel Zeno Gandía, Miguel Meléndez Muñoz, Pablo Mora­les Cabrera, y Ramón Gandía Córdova, lo cual agregaba un robusto capital simbólico.

Al igual que publicaciones similares a partir de 1880, El Agricultor Puertorriqueño  exhibía una preferen­cia por el gobierno limitado y de gasto restricto y una de­fensa de los intereses económicos criollos frente a los protegidos intereses metropolitanos. Pero también había importantes diferencias. La frustración de los sectores productores, acelerada por la crisis de 1921, abrió las puertas en El Agricultor Puertorriqueño a un cuestionamiento de la democracia representativa y su posible sustitución por una gobernanza en la que dominara el estamento de propietarios agrícolas. La popularidad de las ideologías corpo­ratistas y fascistas en la década de 1920  fue alentada por dos fenómenos concurren­tes: la revolución rusa de 1917 y la crisis de la democracia y el capitalismo salvaje que la guerra y la depresión de la primera posguerra expusieron crudamente. A la sociedad civil liberal concebida de manera mecá­nica y abstracta, las ideologías radicalizadas oponían una sociedad vitalista y orgá­nica, de jerarquías y sospechosa de la modernidad. No sorprende que cinco años después de la Marcha a Roma encabezada por Benito Mussolini, se anuncie con toda normalidad la existencia de un capítulo del movimiento fascista en Puerto Rico: “El fascio italiano de Puerto Rico se reunió ayer en San Germán”. Encabezado de El Imparcial, 18 de febrero de 1927.

En la búsqueda de nuevos modelos de organización so­cial y política, el discurso de los propietarios agrícolas miró con simpatía los progresos del régimen fascista italiano y la dictadura de Primo de Rivera en España. La admiración por la Italia del Duce surgió, en buen grado, por una bien orquestada propaganda que enfatizaba la efi­ciencia y la disciplina que exhibía Italia bajo el nuevo gobierno fascista (“los trenes nunca llegan tarde en Italia”; “las vacas italiana producen más leche”) y el atractivo de la personalidad férrea e imperial de Mussolini. La impugnación al liberalismo en Puerto Rico proponía, a la vez, una restauración de la solidari­dad tradicional, basada en las denominadas “jerarquías naturales”, para evitar la conversión socialista de las masas populares.

Por otro lado, el caso puertorriqueño guardó, en muchos aspectos, características similares al resto de Hispanoamérica, aunque nuestro contexto colonial imprimió su sello particular. Fue la ocupación norteamericana de la isla el con­texto puntual sobre el que surgieron los textos del nacionalismo cultural puertorriqueño y, a partir de la década de los 1920, los textos de un nacio­nalismo económico inspirado por textos como Azúcar y población en las Antillas (1927) del pensador cubano Ramiro Guerra que encontró eco entre muchos propietarios.

La inserción más clara de contenidos antiliberales en la li­teratura puertorriqueña de la época correspondió precisamente a Manuel Zeno Gandía y Miguel Meléndez Muñoz, fundadores de El Agricultor Puertorriqueño.  En las páginas terribles de La Charca, como más tarde en las de El Negocio y Redentores, Zeno Gandía de­tecta las ambivalencias inherentes al sector liberal-reformista: el positivismo materialista en coexistencia con un idea­lismo romántico; sus simpatías por una democracia anglo­sajona a la par que acunaba un aristocratismo hispanófilo; la impotencia frente a una naturaleza enemiga, en oposición a la voluntad de conquista del espíritu.

Por su parte, desde Yuyo (1913), su única novela, Meléndez Muñoz denunció el abandono desplegado hacia el campesino y los pequeños agricultores, engañados por las nuevas prácticas del progreso. Como también lo hizo Rosendo Matienzo Cintrón, vio en la enajenación de las tierras a manos de las grandes corporaciones la raíz de gran parte de los proble­mas sociales. Con la pérdida de la tierra, desaparecían los lazos de integración social para ser sustituidos por criterios abstractos y anónimos. Despojado el pequeño pro­pietario de su lugar en la estructura de la sociedad, la red rural de convivencia y solidaridad se esfumaba. En la trilogía sobre Portalatín (La incertidumbre de Portalatín, La prosperidad y Portalatín en bankruptcy) satiriza los efectos de la política partidista y la política económica liberal. Al tornar al campesino en un número electoral, la democracia infantilizaba y embrutecía.

Más enfocados en el nacionalismo económico, tres autores partie­ron de una percepción común: el problema económico no era coyuntural ni explicable únicamente en función de las teorías liberales de precios y mercados. Estaba ligado a la posesión de la tierra o su dominio y al control de la riqueza agrícola. La crisis era eminentemente social y podía conducir a Puerto Rico, de no atajarse, a un desas­tre sin precedentes. José de Jesús Tizol representa la crítica al modelo económico fijado para Puerto Rico a partir de 1898; en Francisco Zeno vemos retratado el miedo propietario a la desintegración social y en Ramón Gandía Córdova, se presenta la propuesta de los propietarios de un nuevo orden social. El país -denunciaba Gandía Córdova- remaba contra la corriente del mundo al apoyar la concentra­ción de tierras y un sistema de contratos de arrendamientos, propios de un régimen feudal.

En resumen, el proceso que llevó a una particular formación discursiva por parte de los agricultores organizados surgió del empeoramiento de la situación económica y del creciente distanciamiento entre la Alianza (el partido político dominante) y los intereses de la mayoría de los sectores agrícolas a partir de 1925. Incorporó una crítica al sistema económico dependiente, el cuestionamiento del discurso del progreso elaborado por la Alianza, los miedos a la desintegración social y a la pérdida de ubicación de los sectores propie­tarios nativos como también un apego a valores tradiciona­les de jerarquías sociales y orden. Mas como hijo de su tiempo, el discurso de los agri­cultores adoptó perspectivas y elementos del antilibera­lismo y el corporatismo emergentes en la década del 1920. Tanto los textos del nacionalismo cultural como los del na­cionalismo económico, desmitificadores del discurso liberal, penetraron en el discurso de los agricultores convirtiéndole en una sólida impugnación de los esquemas de la Alianza.

La confrontación de los agricultores con el aliancismo enfrentó ideas sobre Puerto Rico. Su desarrollo reflejó tanto la complejidad de las contradicciones dentro de la formación social como la omnipresente limitación que ejerció sobre ella la condición colonial. Al final de la contienda ideológica no hubo un vencedor, pero sí dos vencidos. Las furias de la naturaleza representadas por dos destructivos huracanes (San Felipe y San Ciprián) y las fu­rias de la debacle económica mundial desnudaron el modelo colonial agotado y estéril. El discurso del progreso cayó abatido sin haber descifrado las contradicciones inherentes a una colonia dentro de un modo capitalista en crisis.

Ni su desarrollo ideológico ni su grado de debilidad estructural como sector económico lo permitieron. Su im­pugnación al aliancismo identificó con perspicacia las contradicciones del discurso liberal. Pero los agri­cultores, críticos implacables, nunca miraron hacia dentro, hacia las contradicciones de su propia clase. Arropados por la depresión económica no dieron el paso cualitativo de una crítica del régimen a una crítica del sistema.

El conflicto con la Alianza fue su canto de cisne:

Contemplamos desgarrada nuestra alma, no de ‘patriotas’, sino de hombres, simplemente, la agonía de un pueblo que pasó por el dolor de ver en crisis todos sus ideales, en horrorosa bancarrota su heredad y que vive en bochornoso precario los últimos días de su vida en uno de los más bellos rincones de la tierra, donde pudieron asentarse el placer, el bienestar, la felicidad y todas las comodi­dades que un pueblo pródigo y fecundo y un sol enamorado de él, pueden brindar a sus hijos…

Una década después, otra generación de redentores reclamaría el fin del “tiempo de los políticos” y el advenimiento de un “tiempo nuevo”.

Epílogo metodológico:

Reconstituí La Patria Agrícola como formación discursiva leyendo la prensa del país (periódicos como revistas) en micropelículas; las actas, declaraciones y otros textos institucionales de la Asociación de Agricultores Puertorriqueños; textos académicos y de opinión educada publicados en Puerto Rico, Cuba y Estados Unidos desde los comienzos del siglo XX hasta el fin de la década de los treinta. En esos dos años de descubrimientos y fascinaciones, trabajé en otro proyecto que me produjo una satisfacción enorme: el análisis histórico para una película –La Gran Fiesta- producida por Roberto Gándara, historiador, y dirigida por Marcos Zurinaga.  Mis días eran interminables. Trabajaba a jornal en el CIH, echaba para adelante a cuatro muchachos y gestionaba dos investigaciones sobre décadas distintas del siglo XX puertorriqueño. La Colección Puertorriqueña fue entonces mi hogar fuera de mi hogar y los periódicos y revistas mi alimento intelectual. Hoy sigue siendo ese sombrero de mago de donde salen conejos de todo tipo hasta los malos…que nos permiten capturar atmósferas y retóricas de tiempos que creemos perdidos pero que, como este libro, reaparecen.